Lo que cambia todo es la forma como aceptamos la realidad que nos viene dadaA veces tomamos decisiones equivocadas siguiendo necesidades que realmente no nos hacen bien. Y al errar el camino, por mucho que nos esforcemos, no llegaremos donde realmente queremos.
A veces pensamos que necesitamos cambiar de aires, autorrealizarnos como personas, ser más libres e independientes, tener más tiempo lejos de la familia, liberarnos por un rato de tantas obligaciones, decidir sin presiones.
Y nos podemos llegar a creer que en otra vida seríamos más felices. En otro jardín, con otras compañías.
Pensamos que necesitamos a una persona para vivir y sin ella no resultaría. Y a lo mejor no es tan así. Si no está presente, tal vez podemos seguir viviendo. Algo rotos, pero vivos.
Dios nos abre ventanas cuando se cierra una puerta. A veces lo que creemos que necesitamos para vivir no es nuestro camino de plenitud. Y nuestra rebeldía surge porque no somos capaces de querer lo que Dios quiere o permite en nuestro camino. Es nuestra incapacidad para darle nuestro sí a la vida que nos toca vivir.
Hay una frase del Padre José Kentenich que a veces nos turba: “Esto es precisamente lo que yo quería”. Él la usaba para referirse a nuestra actitud de aceptación del querer de Dios.
Cuando sucede algo que no queríamos, algo inesperado, lo que cambia todo es la forma como aceptamos la realidad que nos viene dada. Consiste en cambiar la mirada y decirle a Dios: “Quiero lo que Tú quieres. Quiero lo que sucede, porque es parte de mi camino, mi vida, mi vocación”.
Decía el Padre José Kentenich: “¿Qué significa tener una verdadera actitud de mendigo ante Dios? Las cosas no me pertenecen a mí sino a Dios. Si asumo con seriedad esa realidad, aceptaré que se me prive de ellas, incluso que a veces no tenga un pedazo de pan que llevarme a la boca. Cultivar realmente esa actitud significa practicarla en la vida cotidiana”[1].
Decirle que sí a Dios en todo momento. En la escasez y la abundancia. Cuando falta el pan de cada día, nuestro maná diario y cuando hay en exceso. En las circunstancias a veces adversas que me toca enfrentar.
Aceptar los cambios de planes con una sonrisa. No enfadarme continuamente por lo que no poseo, por lo que nunca llegó a ocurrir, por las ocasiones perdidas, por las posibilidades que no se hicieron realidad.
Decirle en el corazón a Jesús que precisamente eso es lo que yo quería. Puede sonar falso, pero no lo es. Es el deseo de beber su cáliz, de acompañarle en la cruz, de seguir sus caminos. De aceptar lo inesperado con una mirada de paz que sólo Él puede darme. Es esa actitud positiva la que me permite enfrentar los contratiempos con una sonrisa.
Niños ante Dios