El porcentaje de adultos estadounidenses que dicen sentirse solos se ha duplicadoHace mucho tiempo, los especialistas lo venían diciendo: estamos en un mundo en el que abunda la soledad. Pero la soledad más sola. La de aquellos que estando “conectados” no tienen a nadie en su entorno inmediato.
En un reciente artículo publicado en The New York Times, Dhruv Khullar, un médico residente en el Hospital General de Massachusetts y la Escuela Médica de Harvard, lo ha constatado en su práctica cotidiana: hay gran cantidad de personas cuya soledad es una enfermedad más grande que la enfermedad que las aqueja.
“El aislamiento social es una epidemia creciente”, dice el doctor Khullar en su artículo, coincidiendo con la crisis de soledad de millones de personas en estas fechas de Navidad y fin de año en Occidente. Y lo peor es que todavía no se reconoce que ésta “tiene consecuencias físicas, mentales y emocionales graves”.
Aumenta el riesgo de enfermedades
De acuerdo con el artículo del doctor Khullar, desde la década de 1980 el porcentaje de adultos estadounidenses que dicen sentirse solos se ha duplicado, pasando del 20 al 40 por ciento. Alrededor de un tercio de los estadounidenses mayores de 65 años ahora viven solos y la mitad de los mayores de 85 años así viven, efectivamente.
“La gente en peores condiciones de salud –especialmente aquella con trastornos del estado de ánimo como la ansiedad y la depresión– es más propensa a sentirse sola”, apunta Khullar.
Las investigaciones han demostrado que las personas con menos conexión social ven alterados sus patrones de sueño, su sistema inmune o aumentadas las hormonas que provocan el estrés. Es más, un estudio reciente encontró que el aislamiento aumenta el riesgo de una enfermedad cardiaca en 29 por ciento, y los accidentes cerebrovasculares en 32 por ciento.
Un problema difícil de aceptar
“La soledad puede acelerar el deterioro cognitivo en adultos mayores y las personas aisladas son dos veces más propensas a morir prematuramente comparadas con las que tienen las interacciones sociales más robustas”, subraya el doctor Khullar.
Y añade: “En general, la soledad es tan importante factor de riesgo de muerte temprana como la obesidad y el tabaquismo”. La evidencia sobre el aislamiento social es clara. Lo que hay que hacer al respecto no lo es tanto.
“La soledad es un problema especialmente difícil, porque aceptar y declarar nuestra soledad profunda conlleva un estigma”, subraya en su artículo el especialista. Admitirla nos hace sentir que hemos fallado en territorios fundamentales de nuestra vida como la pertenencia, el amor o el apego: “Ataca a nuestros instintos básicos para salvar la cara, y hace que sea difícil pedir ayuda”, dice Khullar.
Ojo a los adultos mayores
En cuanto a los adultos mayores, Khullar advierte dos salidas: que la comunidad los integre en actividades que reduzcan su aislamiento social y ayude a que mantengan conexiones con otras personas y que los que son religiosos, sean alentados a continuar la asistencia regular a los servicios.
También pueden cuidar mascotas o tenerlas consigo. Y los parientes o familiares que no vivan cerca, establecer, con los vecinos del adulto mayor, una estrategia para que los esté revisando periódicamente.
Pero los programas más estructurados están surgiendo, también. Por ejemplo, el doctor Paul Tang, de la Fundación Médica de Palo Alto, inició un programa llamado “Vínculos”, un intercambio de servicios entre generaciones inspirado en la idea de que todo el mundo tiene algo que ofrecer.
Una nueva actitud
Se trata, finalmente, de combatir con cariño, cercanía y solidaridad humana (y cristiana) lo que las píldoras o las computadoras no pueden combatir: el hecho que ya viene narrado desde el Génesis: que no es bueno que el hombre esté solo.
O como diría aquella famosa “dolora” de don Ramón de Campoamor: “Sin el amor que encanta, la soledad del ermitaño espanta. / Pero es más espantosa todavía, la soledad de dos en compañía”.